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28-02-2010 a las 08:11:00 |
"Dedicado a mi abuela, Dikranouhí Yeghiazarian"
Conteniendo la respiración, vi cómo los soldados turcos montaron a caballo para marcharse. Por fin se irían. Desde el agujero de la pared del sótano yo alcanzaba a ver una parte del jardín y la polvareda que levantaron los cascos en el camino de tierra. Solté el aliento y sentí un alivio momentáneo, algo parecido a una tregua. Porque el peligro seguía estando en el aire como un olor invisible pero amenazante. Presagio de muerte. Mi hermana mayor, con los ojos cerrados y de rodillas, rezaba en silencio.
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